martes, 25 de febrero de 2014

La cultura uruguaya lo llora

Carlos Páez Vilaró murió ayer a los 90 años de edad. Personalidades de la cultura uruguaya lo recuerdan como uno de los símbolos de la identidad nacional. Será enterrado hoy en el Cementerio del Norte.

La exuberancia de la vida de Carlos Páez Vilaró desborda cualquier intento de resumen. Más que pintor, escultor, músico, poeta, cineasta, arquitecto o tamborilero fue un maestro en el arte de vivir. Daría la impresión de que Páez Vilaró se dio todos los lujos. Recorrió el mundo y conoció a algunas de las personas más relevantes e interesantes del planeta y también volvió cada febrero a sus queridos Sur y Palermo. Murió a los 90 años en esa casa-escultura que construyó a orillas del mar, Casa Pueblo, en uno de los parajes más espléndidos de la geografía uruguaya.

Su capacidad de producción era abrumadora. “Fue un tipo que trabajó hasta el último momento de su vida. Estaba pintando, dejó algunas pinturas inconclusas. También escribía. Él era un eterno trabajador”, dijo ayer su hijo Carlos  a El Observador.

Su obra pictórica es una celebración de la vida, un suerte de pop propio que revienta de optimismo, en el que rindió homenaje a lo que sintió como más auténtico de diversas culturas a lo largo y ancho del planeta.

Es la cultura uruguaya, sin embargo, la que está en su esencia, y de la que fue embajador en el mundo. Así lo entiende el director de la selección uruguaya de fútbol, Oscar Washington Tabárez: “Nos ha dejado sus cosas y sus ejemplos de vida: su arte, su voluntad que nunca claudicó, su energía, su sencillez y humildad, sus rasgos de identidad uruguaya y popular”, dijo Tabárez en un comunicado a los medios.

“Lo evocaremos en cada cuadro suyo, en cada libro, en cada sol, en cada tambor, en cada talismán, en cada pelota, en cada gol uruguayo”, agregó el maestro.

El color y el calor del candombe poblaron sus obras con esa cultura que le era propia, desde que a los 20 años descubrió ese mundo y lo hizo suyo hasta el final. Diez días antes de morir desfiló con su comparsa, Cuareim 1080.

Cachila Silva, el director de la comparsa, trasmite su dolor: “La tristeza es enorme, realmente es brutal, se fue un gigante de la cultura uruguaya, ya lo extrañamos”, dijo en entrevista con El Observador.

Silva recuerda el último desfile del artista: “Él tenía 90 años y desfilar casi 15 cuadras con un gran tambor no es sencillo para nadie, así que cuando iban unas pocas cuadras le dije a Carlitos que dejara, que ya había recontra cumplido y muy a su pesar, porque no quería aflojar, se fue con sus hijos. Poco después una señora parada sobre su silla me preguntó por dónde venía Páez Vilaró con su tambor: era lo que más quería ver”.

La comparsa fue la ganadora del desfile, con sus tambores dibujados por Páez Vilaró, por amor al arte, al candombe y a su raza de adopción. “Ya está, no se puede hacer nada ahora, solo seguir queriéndolo”, resumió Silva su dolor.

Carlos Páez Vilaró nació el 1º de noviembre de 1923 en Montevideo. Desde los 20 años se empezó a interesar por la cultura negra de los barrios Sur y Palermo, una comunidad que pintó con todos sus colores y que pasó a formar parte de su propio cotidiano.

Pronto empezó a viajar por el mundo, con especial atención a la cultura africana: Bahía, en Brasil, y también Colombia, Venezuela, Panamá, República Dominicana y Haití, en América. También viajó al África subsahariana y fue guionista de una película memorable, Batouk, elegida para clausurar el festival de cine de Cannes en 1967, ceremonia a la que asistió acompañado de la célebre actriz francesa Brigitte Bardot.

En 1958 comenzó a construir Casapueblo, que se edificó en un monumento esencial del paisaje de la costa uruguaya. La princesa Laetitia D´Arenberg, una de sus amigas más antiguas, recuerda, en charla con El Observador: “Cuando volvió de su viaje por África, comenzó la construcción de Casapueblo y se pegó como un ancla a esa casa que era el sueño de su vida. Siempre hablaba de ella con unos recuerdos maravillosos, de la libertad, de la inmensidad del mar cuando miraba esas puestas de Sol”.

D´Arenberg resumió de esta manera el carácter del artista: “Lo que más admiré de él es que siempre logró sus metas. El quiso pintar y pintó, escribió, hizo esa casa y se murió allí. Fue la mejor manera de irse en su propia casa, en un sitio maravilloso, con el mundo a sus pies”.

Con servicio de Martinelli, está siendo velado velado en Agadu (Canelones 1122) y el Palacio Legislativo y sobre las 11 el cortejo partirá al Cementerio Central.


Posdata

El epílogo de Posdata, la autobiografía de Carlos Páez Vilaró publicada en 2012, se titula “Apretones de manos” y es un conjunto de fotografías impactante. El autor posa junto a Pablo Picasso, Astor Piazzolla, Ernesto Che Guevara, Oscar Niemeyer, Brigitte Bardot, Lech Walesa, Plácido Domingo, Pelé, Omar Sharif y Vinicius de Moraes, entre otros.
La mayoría de ellos eran amigos del artista uruguayo, que en su periplo por el mundo, seducía a todos por su maneras sencillas y profundas a la vez.
“Caminar, tropezar y seguir andando, quitándole importancia y sin mirar atrás, transformaron el obstáculo en mi mayor estímulo. Hoy me queda la satisfacción de haber superado los tropiezos y resbalones con una sonrisa y sin abandonar la marcha”, dice Páez Vilaró en un capítulo titulado “Hacia el Sol”.
Está claro que las satisfacciones, los logros, fueron mucho más numerosos que las frustraciones. En todo caso hay unas cuantas cosas como para recordar con orgullo, aún en los momentos más desesperados. “Cuando el destino me involucró en la tragedia aérea de Los Andes en que un hijo mío era pasajero del avión siniestrado, pude participar en las búsquedas. A los seis días de ocurrido el accidente una mano invisible me empujó hasta la región donde tres meses después se encontrarían los restos del avión” y  a su hijo Carlos con vida. 
El libro, editado por Aguilar,  repasa en 382 páginas una vida larga e intensa, desde Pocitos, Cordón, Punta del Este, Buenos Aires y el mundo entero. Cada capítulo promete una aventura, como “Papelón con Orson Welles en París”, “Con Andy Warhol en Cannes”, “La fotografía robada”, “Cruzando el río Ogowe” o “Mi amistad con Brando, Papeete, Tahití”.
“Mi vecindad con Marlon hacía que nos viéramos a menudo. Era un hombre tosco y reservado. Iba y venía en una bicicleta anatómica y solo lo atraía dialogar sobre temas que le interesaban y que él planteaba. Como sabía de mi pasión por los temas de la negritud, varias veces me demostró su preocupación por la vida del negro en América del Sur”, recuerda el autor, de su estadía en Papeete y su amistad con el mítico actor estadounidense.
Todo el libro es una aventura deleitable, de un buscador insaciable, un creador y también un gran admirador de la creación ajena y de la cultura.
Su amor por Casapueblo, esa gran locura frente al mar, por donde pasaron personalidades del arte, la cultura y la política de tantos países, es una obsesión a la que dedica varios capítulos y también el capítulo final, titulado “Mi barco blanco” y que es una declaración: “Abro la ventana que mira al mar, para que el primer impacto de viento que refresque mi cara me devuelva a la realidad, me haga sentir que estoy realmente en Casapueblo, en mi usina”.
Páez Vilaró murió menos de dos años después de publicar esas memorias. Murió en Casapueblo, donde estaba trabajando en nuevas pinturas y también escritos, lúcido y activo hasta el final, como si hubiera sido premiado por el destino.

Fuente: www.elobservador.com.uy

No hay comentarios:

Publicar un comentario